Time to remember, time to tell // Tiempo de recordar, tiempo de contar

A CCR event for repopulated communities in Chalatenango, El Salvador // Un evento de CCR para las comunidades repobladas en Chalatenango, El Salvador

March 5, 2022 

The Association for the Development of Communities in Chalatenango (CCR) and member commmunities recently held the first gatehring for the repopulated communities of Chalatenango. The event took place on March 5, 2022 in Guarjila’s community park, with the theme, “Time to remember, time to tell” (“Tiempo de recordar, tiempo de contar”). The premise for the event was to gather people who had lived together at the “Mesa Grande” refugee camp in Honduras. Many people had not seen each other in the 30 years since they had returned to El Salvador. During the meeting, there were testimonies from people who lived in Mesa Grande, including youth and kids who grew up in that environment. People also shared popular music composed inside the camps or commonly sung during that time to cheer people up. Over 100 people of all ages gathered to remember and keep the communities’ historical memory alive.

During El Salvador’s armed conflict in the 1980s, thousands of civilians were forcibly displaced because of the persecution the population suffered. Many communities in the northern department of Chalatenango were attacked by the military because the local population was assumed to support the guerrilla. Between 1981 and 1983, civilians in the area were forced to leave behind their communities en masse to look for shelter from ongoing military operations, which included bombings, massacres, scorched earth tactics, and forced disappearances.   

Among the groups of people who fled, some of them sought refuge in other areas of El Salvador and formed new communities there, where the armed conflict was less intense. But many other groups, particularly communities along the northern border, were forced leave the country on the infamous “guindas” (a Salvadoran word that means “to flee”), seeking refuge in the neighboring country of Honduras.

The displaced communities organized and, through many conversations between community representatives, religious and international organizations, and the government, they were allowed to live on Honduran land, near the border with El Salvador. In the “Mesa Grande” refugee camp, people could live without the threat of an attack by the Salvadoran military.  The camp, however, became a sort of concentration camp. More than a shelter for survivors, the camp felt like a prison, fenced in with the armed forces from both El Salvador and Honduras keeping constant watch. No one could leave. The testimonies confirm there was no difference in treatment according to age, sex or religion; anyone who stepped outside the fence with no previous authorization was shot.

As people shared in their testimonies, life in the camp was hard, but the community organization started to flourish. Tasks were distributed. Children of a certain age with minimal studies taught the smaller ones to read and write. There were people cooking, people organizing, people for everything. Many international organizations got together to provide supplies and humanitarian aid to the camps during the time they were active.

Through the years, people longed to return home. In 1987, the leaders from the camps organized and, with the support of international organizations, the Catholic Church, the Lutheran Church, and the United Nations Refugee Agency, they demanded that the Salvadoran government allow them to return to El Salvador despite the ongoing armed conflict. After tense negotiations, the refugees were granted approval to repopulate the area. Few people returned to their home community. Most people settled on other abandoned land because, at that time, that was considered the safest option. San Jose las Flores was one of the first communities to be repopulated and, with time, more and more people repopulated areas like Cancasque, Guarjila, San Antonio Los Ranchos, Las Vueltas, El Zapotal, Nombre de Jesus, and San Antonio de La Cruz, among others.

In this context, the CCR was founded to support the repopulated communities and their organizing efforts. Today, the CCR is still active, working closely with the communities and strengthening the preservation of historical memory.

As Sister Parish staff, we feel incredibly honored to be part of the group invited to participate, along with other international organizations and community leaders that have accompanied and supported the recovery and reconstruction of the repopulated communities.

As an organization, we work with people, we listen to their stories, and we learn through their testimonies. It was a special day to share with the people we work with that participated. We hope to continue joining this type of activities that strengthen relationships between people and organizations.

We thank the CCR team for the huge amount of work that went into this event and for the invitation to participate from the first day the idea was proposed.

“Long live organized communities!”

Click on “CC” or “subtitiles” on the video below for subtitles in English.

5 de marzo de 2022

La Asociación para el Desarrollo de la Comunidades de Chalatenango (CCR) y las comunidades pertenecientes a la misma, organizaron el 5 de marzo de 2022 el Primer Encuentro de Comunidades Repobladas de Chalatenango, celebrado en el parque de la comunidad de Guarjila, bajo el lema “Tiempo de recordar, tiempo de contar”. La premisa del evento, era reunir a gente de todas las comunidades que una vez estuvieron juntas en el campo de refugiados “Mesa Grande” en Honduras, ya que muchos de ellos no se habían visto en los últimos 30 años desde su regreso. En el encuentro hubo testimonio de quienes en ese tiempo eran jóvenes o niños que crecieron en ese ambiente; música popular que nació en los campamentos o que se cantaba en esa época para levantar el ánimo. El evento reunió a más de 100 personas, entre chicos y grandes, para recordar y mantener la memoria histórica siempre presente.

Durante el conflicto armado en El Salvador en la década de los 80, miles de civiles sufrieron el desplazamiento forzado teniendo que salir de su lugar de origen debido a la constante persecución político-militar ejercida en contra de la población. Los habitantes de distintos caseríos, cantones y municipios del departamento de Chalatenango, al norte del país, fueron duramente atacados por las fuerzas militares ya que erróneamente se asociaban como simpatizantes de la guerrilla. Entre 1981 y 1983, estas poblaciones civiles tuvieron que abandonar masivamente sus comunidades para resguardarse de los constantes operativos militares que incluían, bombardeos, masacres, tácticas de tierra arrasada y desapariciones forzadas.

De entre los grupos de personas que huían masivamente, algunos buscaron refugio en otras zonas del país donde el conflicto armado era menos aterrador y formaron nuevos asentamientos en esos lugares. Pero muchos otros grupos, debido a la zona geográfica de origen tuvieron que salir del país, en las famosas “guindas”, para buscar refugio en Honduras, país vecino al noreste de El Salvador.

Mediante la organización de las comunidades desplazadas y diversas conversaciones entre representantes de esas mismas comunidades, religiosos, organismos internacionales y el gobierno, se les permitió ocupar un área del territorio hondureño, fronteriza con El Salvador, llamada “Mesa Grande” así las personas podían habitar allí libre de los ataques de la fuerza armada salvadoreña. El lugar se convirtió en una especie de campamento o campo de concentración. Más que un refugio para sobrevivientes, el campamento era una prisión con paredes de alambre, las fuerzas armadas tanto de El Salvador como de Honduras mantenían vigilancia permanente en este lugar y ninguno de los que se encontraba en este lugar tenía oportunidad de salir. Los testimonios confirman que no había diferencia de edad, sexo o religión, quien pusiera un paso más allá de la cerca sin autorización era acribillado.

Contaron en los testimonios que la vida en el campamento era dura, pero la organización comunitaria comenzó a florecer: las personas se distribuían las tareas que habían, desde niños de cierta edad y con estudios mínimos, enseñando a los más pequeños a leer y escribir; gente cocinando, gente organizando, gente para todo. Muchas organizaciones internacionales se unieron para proveer de insumos y ayuda humanitaria a estos campamentos durante el tiempo que permanecieron activos.

Durante todos estos años, las personas anhelaban poder regresar a su lugar de origen. Fue así que, en 1987, los líderes y lideresas en los campamentos se organizaron y nuevamente con el apoyo de organismos internacionales, la iglesia católica, iglesia luterana, y el ACNUR exigieron al gobierno salvadoreño que les permitiera regresar a EL Salvador, pese a que el conflicto armado seguía. Después de fuertes discusiones, se aprobó que las comunidades refugiadas regresaran para repoblar las zonas antes abandonadas. Pocos de los que retornaron volvieron a ocupar sus lugares de origen, pero la mayoría repoblaron otras zonas igualmente abandonadas que ya en esa época eran más seguras. San José las Flores fue uno de los primeros asentamientos en ser repoblado y así con el tiempo se fueron agregando más y más personas a las otras localidades, tales como Cancasque, Guarjila, San Antonio Los Ranchos, Las Vueltas, El Zapotal, Nombre de Jesús, San Antonio de La Cruz, entre otros.

La Asociación de Comunidades para el Desarrollo de Chalatenango – CCR, nace bajo este contexto con las comunidades repobladas, con el fin de apoyar la organización de las mismas. Hoy en día, CCR se mantiene activa y trabaja mano a mano con cada una de las comunidades y fortaleciendo el tema de la memoria histórica.

Como equipo de Iglesias Hermanas, nos sentimos realmente honrados de haber sido parte de los invitados entre un grupo selecto de organizaciones que a lo largo de su historia han trabajado juntamente con otras organizaciones internacionales, líderes y lideresas comunitarios en el tema del acompañamiento, además el apoyo en la recuperación y reconstrucción de las comunidades repobladas.

Como organización trabajamos con las personas, escuchamos sus historias y aprendemos a través del testimonio. Fue un día muy especial porque muchas de las personas con las que trabajamos, tuvieron la oportunidad de formar parte de la actividad. Esperamos seguir siendo parte de este tipo de actividades que fortalezcan las relaciones entre personas y organizaciones.            

“¡Que vivan las comunidades organizadas!”

About sisterparishinc

Building community across borders.
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